V Cursa d’Eramprunyà

“Una de cal y una de arena”. Frente a esta expresión siempre me he preguntado cuál de las dos es mejor… El pasado 29 de enero se celebraba la V Cursa d’Eramprunyà, carrera de 23 kilómetros con 1200 metros de Desnivel positivo. Se impone en estos primeros meses del 2017 un plan de superación con buenos entrenamientos durante la semana y tiradas largas cada domingo en forma de competición. Cuánto más duras mejor, puesto que eso me servirá para preparar la Zurich Marató de Barcelona. Cuando me apunté a esta carrera sabía perfectamente que iba a sufrir no por la distancia, sino por los 1200 metros D+: estaban un poco por encima de mis posibilidades, pero de eso se trataba, preparación para la gran carrera, para la gran distancia. Así pues, esta carrera exigía más cabeza que piernas. Debía ser constante y no envalentonarme al principio con ritmos altos: cabía reservar fuerzas, puesto que el recorrido prometía ser duro.

 

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La mañana amanecía fría en Gavà y la espera se me estaba haciendo larga. 9:30 horas, pistoletazo de salida: Amunt, sempre amunt! Los primeros 2 kilómetros fueron bastante suaves, algo de subida, pero sin más, sin mucha complicación. A partir del kilómetro 3 la cosa empezaba a ponerse un pelín más complicada: empezaba la cuesta. Por el momento, resistía bien, llevábamos bastante desnivel acumulado, pero las fuerzas aguantaban. El recorrido era precioso, el sol empezaba a calentar y se veía un Parc Natural del Garraf exultante: pasamos por delante de la iglesia de la Mare de Déu de Bruguers y los senderos de la roca foradada hacia el Castell d’Eramprunyà. Así llegábamos a los kilómetros seis y siete que, sin duda, eran los más duros. El desnivel en estos momentos era muy pronunciado: en algunos tramos teníamos que ayudarnos con unas cuerdas concienzudamente colocadas para poder subir. ¡Por fin! ¡Cima! Dejábamos el castillo atrás y nos esperaba un pequeño descanso y algo de bajada. Y he aquí el dilema, ¿cuál es mejor la de cal o la de arena?

El siguiente kilómetro se presentaba como una bajada técnica, de corriol y tartera. Lo que en un principio parecería un recorrido fácil, no lo era tanto: se tenía que ir con mucho ojo de no resbalar con las rocas y de no tropezar con las piedras del camino. Las lluvias que habían caído en nuestro país durante esta semana habían dejado la montaña húmeda y con grandes charcos, cosa que dificultaba el avance en muchos puntos. Los siguientes kilómetros serían un continuo toma y daca, subir y bajar, momentos en donde se podía llevar un buen ritmo y momentos en que tocaba más bien andar debido a la cuesta. Pese al esfuerzo, el paisaje era de diez y sobre el kilómetro 12, punto más alto de la carrera (513 metros), nos deslumbraba una impresionante vista de pájaro. A lo lejos veíamos el Tibidabo y las Torres Mafre del litoral barcelonés. De esta guisa llegábamos al tercer avituallamiento de la carrera (Km 15). Dicho sea de paso, felicitar a la organización por dichos avituallamientos, donde no faltaba de nada: muchas carreras desearían la mitad de profesionalidad para con el corredor. Pero eso es otro tema. Por otro lado, me hizo gracia cómo nos habíamos ido encontrando los corredores en estos avituallamientos: en el primero, las caras reflejaban optimismo y ganas de superación; en el segundo (km 10), ya nos mirábamos con cara de “nosotros podemos”; ya en este kilómetro 15 el panorama era “quien me mandaría a mí…” Pero nadie se quejaba, ni abandonaba.

Tras este km 15, volvíamos a tener un par de kilómetros de bajada, no por eso fáciles ni de menor esfuerzo: nuevamente roca y corriol, ciertamente una dura bajada técnica. Este último tramo de ocho kilómetros me costó, no voy a engañar a nadie. Las piernas ya empezaban a estar cansadas y en los momentos de subida notaba que iba corto de fuelle. Aún así, tirar la toalla no era ni por asomo una opción. Lute: camina o revienta ¿La conocéis? Pues, por el estilo. Las bajadas ayudaban bastante y podía coger ritmos más o menos rápidos que podían rondar los 5′ 30”. Aunque las subidas me realentizaban mucho. Kilómetro 20, último avituallamiento: algo de agua, un gajo de naranja y a echar lo poco que me quedaba. Al final llegaba a la meta, con un tiempo de 3h 23’06’.

¿Resultado final? Contento. He superado una distancia y un desnivel que por ahora no había hecho nunca y aunque no he sacado nota me doy un aprobado. Es esta carrera una muesca más en el revolver, un paso más hacia mi propio reto personal. Porque de eso se trata, no de ser el primero, sino de ganarme a mí mismo una y otra vez.