31a Mitja de Granollers

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Ver un pueblo volcado en un evento deportivo es admirable, pero ver que una carrera como La Mitja se vive con la intensidad que se vive en Granollers es realmente un logro. Y me refiero a intensidad, porque esa es la palabra: jóvenes repartiendo agua en los avituallamientos, niños con la mano abierta esperando un choque de los corredores, gente de todas las edades en la meta y durante todo el circuito animando con sus vítores y su calor. Ya lo dije una vez, yo corro por AMOR, ÁNIMO y ESFUERZO, y La Mitja de Granollers se llevó la palma, la verdad. Si he de ser sincero, a priori no era una de las carreras marcadas en mi calendario, pero un cúmulo de circunstancias me llevó a correrla y la disfruté de lo lindo (gracias Irene).

Volvíamos a hacer tándem invencible con Rubén, el buen amigo que me contagió la pasión por el running. Cada uno tenía objetivos diferentes para con la carrera: Rubén quería hacer tiempo, corría en casa; yo quería terminarla, sin forzar, manteniendo ritmo y evaluando las sensaciones de cara a la Zurich Marató de Barcelona que se acerca cada vez más. Como primer propósito, nos habíamos planteado un ritmo alto: un mínimo de 4′ 50” el mil. Veríamos cómo se desarrollaba el invento.

10:25 horas. ¡Vaaaaaaamooos!

Los primeros dos kilómetros fueron bien, más fluidos de lo que pensaba por la cantidad de gente que había; el ritmo fuerte, el que habíamos planeado: 4′ 50”, parecíamos un reloj. Ese fue nuestro ritmo durante casi los primeros cuatro kilómetros. A partir de ahí Rubén empezó a apretar con ritmos más vivos. Aún así, le fui siguiendo de cerca hasta el kilómetro 5, donde cada uno siguió su camino, yo a mis 5′ el mil (un poco pasados hasta el kilómetro ocho) y Rubén luchando por conseguir su 1h 37′ 56” final.

 

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La Mitja de Granollers es única. Tiene un incremento de elevación de unos 205 metros aproximadamente, y dichos metros en el primer tramo de la carrera. En los primeros 10 kilómetros vas realizando una “falsa subida” (que en algunos momentos no es tan falsa…), que se combina con tramos llanos y alguna bajada. Aún así, del kilómetro 10 al 11 se experimenta una subida empinada, para automáticamente una vez terminada comenzar un descenso que nos lleva hasta la meta. El tramo tanto de ida como de vuelta está bien, quizás mejor el de vuelta puesto que es más paisajístico y las ruinas romanas y el torrent, aunque se vean de pasada, le dan cierto encanto. En cierta medida es un recorrido cómodo.

No es ésta la carrera más rápida que he corrido. Pienso que los kilómetros de subida hacen que el ritmo no sea tan vivo como uno quisiera y que en los subsiguientes kilómetros de bajada no vas tan rápido como desearías, puesto que ya has quemado energías en el primer tramo subiendo. Pero, en definitiva, es una muy buena carrera y, en mi caso, un muy buen entreno de cara al 12 de marzo. Si me detengo a pensarlo, volvería a correrla sin duda alguna. Las sensaciones que experimenté fueron bestiales. Vuelvo a repetirlo, un pueblo volcado en su carrera es impagable. No tengo palabras para describir el último kilómetro llegando ya a la meta. La calzada frente a mí, la gente apostada en los laterales animando, aplaudiendo, vitoreando a los corredores; la meta al fondo. Subidón de adrenalina, las piernas volaban, me habían salido dos alas como a Mercurio. Mi corazón galopaba de pura emoción. Misión cumplida, 1h 47′ 56”. Y allí, el abrazo de mi colega Rubén, esperando mi llegada. Somos grandes compañero.

 

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