Trail Selva Marítima

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Decir que el Trail Selva Marítima (TSM) es una carrera exigente es decir más bien poco. Pero no solo es la exigencia lo que cuenta en una carrera, no son solo los kilómetros o el desnivel positivo. Una carrera como la TSM es un cúmulo de emociones. Sin lugar a dudas, pienso que ésta ha sido una de las carreras más completas que he corrido, no solo por su dificultad, sino por su paisaje, su magia y su complicidad.

La mañana comenzaba temprano esta vez. A las 5 a.m. tocaban diana, la carrera comenzaba a las 9:00 horas en Tossa de Mar y teníamos que estar sobre las 7:00 en Blanes para coger un autobús que nos desplazaría a Tossa. No iba a ir solo, me iban a acompañar mis nuevos compañeros de aventura, Óscar y Miguel. Después de haber ahuyentado el sueño a base de un buen desayuno con café, el día se presentaba de otra manera. Carretera y manta y sobre las 8:00 horas ya estábamos en Tossa de Mar, recogiendo el dorsal y calentando un poco, sin mucha prisa: ya habría tiempo y kilómetros para correr. ¡A lo lejos, la vigilante torre del castillo!

 

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¡9:00 horas, al lío! Ya habíamos acordado que cada uno de nosotros iba a ir a su ritmo y que nos esperaríamos a la llegada. Así pues, con esta premisa fuimos a buscar el castillo de Tossa y con ello la primera subida. Y digo la primera subida, porque uno de los elementos más importantes de esta carrera eran los 800 metros de D+: la TSM es un verdadero rompepiernas, porque no hablamos de los metros, sino de cómo se suben.

 

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Hasta prácticamente el kilómetro 2, el recorrido fue plácido (impresionante subir el castillo de Tossa) y de buen correr. Luego vinieron los tapones, que duraron un buen tramo de la carrera. No quisiera exagerar, pero pienso que una gran parte de los primeros kilómetros estuvimos encontrando tapón: dificultades en la subida o problemas en la bajada, debido a  escaleras estrechas, senderos de montaña dificultosos… Obviamente, no soy Kilian Jornet y, seguramente, ni hubiera subido como un cohete, ni bajado como un rayo, pero hubiera ido a mi ritmo, sin parones ni esperas. En ningún momento esto es una crítica, para nada, pero tal vez una salida escalonada como se hace en otras carreras hubiera podido solucionar en cierta medida este problema y todos hubiéramos podido correr más cómodos. Aún así, este primer tramo fue espectacular con las bajadas de montaña a través y las subidas entre escarpadas rocas. Las vistas espectaculares y los primeros tramos de playa muy bonitos. El primer avituallamiento me lo salté, puesto que iba con mi mochila de hidratación y pensaba en recuperar un poco del tiempo perdido en los tapones.

 

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La carrera seguía y la dificultad con ella. Corríamos ahora por interior, dejando atrás montaña y playa para adentrarnos por urbanizaciones y, ahora sí, avituallamiento sólido y líquido en el km 8. Parada obligada. Unos segundos de descanso y de nuevo a la carrera: aún quedaban kilómetros y metros de desnivel. El recorrido a partir de estos momentos fue una combinación de subir y bajar, algunas zonas más difíciles que otras (la parte de cadenas de Cala Llevadó fue brutal), escaleras de subida y de bajada, y la llegada a Lloret de Mar. Quedaba la mitad, pero haber llegado hasta ahí ya valía la pena. Camino de ronda, castillo de Lloret, avituallamiento líquido y paseo marítimo. En estos momentos, correr empezaba a ser difícil, ya no tanto por la dificultad del recorrido sino porque ibas encontrándote transeúntes. A veces era difícil sortearlos y se rompía continuamente el ritmo que uno pretendía llevar. El paseo marítimo, para mí, fue el tramo más pesado: mucha gente, coches, bullicio…

 

Ya quedaba menos de la mitad de esos 22 kilómetros y hasta el siguiente avituallamiento en Cala Cristina (km 17) aun quedaba. Tal vez el desnivel seria menos pronunciado en estos momentos, pero el calor agobiante y lo que ya llevaba en mis piernas empezaba a pesar. Más escaleras y más cuesta, aunque menos ímpetu. Me tocaba andar en subida para recuperar fuerzas y poder correr a ritmos decentes en llano y bajada. Lo mejor de estos kilómetros fueron las conversaciones con otros corredores: que si quién me mandaría a mí…, que si vaya tela…, que si…, que si…, pero no parábamos ni nos rendíamos ninguno. Kilómetro 17, playa, tramo de arena y último avituallamiento antes de la meta. Tocaba recuperar fuerzas, comer algo para rellenar el depósito de glucógeno y poder afrontar el tramo final, que no iba a ser nada fácil.

 

Quedaban ni más ni menos algo más de 180 metros que subir, para luego llegar al paseo marítimo de Blanes y cruzar la meta. Nada más empezar estos kilómetros finales, Óscar me sobrepasó, dándome aliento y pasando por delante mío. Eso me dio fuerzas para continuar: si él podía, yo también. En estos momentos cruzamos el Jardín Botánico de Pinya de Rosa: más gente que sortear, más escaleras que subir, un sol que mordía con fuerza. Ya quedaba menos, tan solo 2 kilómetros que no eran nada comparado con lo que llevábamos. Un tramo de asfalto, el jardín botánico Marimurtra y el puerto de Blanes. Ya se podía ver la meta. ¡Pista! Hice mi último esfuerzo, dejándome el corazón y esprintando como alma que lleva el diablo. Tiempo final 3h 30′ 58″.

 

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Los tiempos de mis compañeros fueron Óscar 3h 25′ 21” y Miguel 4h 02′ 13″. Ambos tres unos verdaderos campeones en primer lugar por pretender realizar esta proeza y en segundo por conseguirla.

 

Sin duda la TSM es una carrera a tener en cuenta para ediciones futuras. Muy buena, la verdad. Aun así como todo en esta vida, hay pequeñas cosas que desde mi punto de vista pueden mejorarse: los tapones del principio, las partes llenas de transeúntes de Lloret o los jardines Botánicos y lo alejado de las duchas. Con todo, felicitar a la organización por el recorrido, por los avituallamientos, los colaboradores y porque poner de acuerdo tres ayuntamientos debe de ser más que difícil en los tiempos que corren.  Salud y muchos más kilómetros para todos.