La Mitja del Castell

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Ni mucho más lejos de lo que anunciaba la publicidad de la carrera, esta Mitja del Castell se vivió con pasión y desde el primer momento. La verdad es que una carrera que está bien organizada, se disfruta al máximo. Y la buena organización, se observa en los pequeños detalles. Detalles que te hacen sentir importante y, realmente, parte del evento que estás viviendo. Para muestra un botón. ¿Desde cuándo llegas a una carrera y te ofrecen un café y un bollo de desayuno? Increíble, pero verdad. Tan solo recuerdo algo parecido en la Vigia Trail, donde nos ofrecieron un café de máquina nespresso. Un gesto tan pequeño gana a los corredores, los acerca a los organizadores y permite unos momentos previos a la carrera que son impagables. Apasiona ese esmero para tener al corredor contento. Personalmente, ya estoy esperando la próxima edición, y como yo otros tantos.

Soy consciente que esta vez estoy empezando por el final, por la valoración, pero es que no puedo comenzar de otra manera mi crónica. Se me sigue cayendo la baba con esta carrera de diez, con las sensaciones vividas, con el paisaje recorrido y con el buen hacer de las gentes del Papiol. Pero vamos al lío.

Fueron los buenos de Carlos Gámez y Víctor Molinas quienes me recomendaron la Mitja del Castell. Ambos dos la habían corrido ya en otras ocasiones y me contaron cuán completa era. Pues nada, ¡de cabeza! Además, coincidía con la vigilia de mi cuarenta cumpleaños. Así pues, un regalo para mí y una manera de decirle al paso del tiempo: “ey, aquí estoy, imperturbable…”. La carrera empezó perfecta: salí con tiempo de casa, el lugar fue fácil de encontrar, sitio para aparcar, poca cola para recoger el dorsal y el puntazo del desayuno. Tras esta primera parte, tocaba calentar e ir compartiendo charlas, saludos y momentos con cada uno de los amiguetes con quienes te vas encontrando carrera tras carrera o con quienes te saludan porque te conocen de las redes sociales y del postureo.

9:00h. Tras un sentido in memoriam, daba comienzo esta dura carrera. Me esperaban 25,6 km y 1.150 m de D+. Casi nada. Mi planteamiento de la carrera era conservador. Todo a quien oía pintaba la Mitja del Castell como una señora carrera. Así pues, los primeros 5 km, que transcurrían todos en un suave desnivel, iban a ser de calentamiento, de tanteo con la carrera y de ver cómo pintaba la mañana. Y así fue. Sin mucho gas, llegué a este quinto kilómetro y a partir de ese momento apreté el ritmo.

 

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El desnivel, como se puede comprobar, es considerable con la subida casi vertical del Puig Madrona, que volvía a repetirse a partir del km 19. Como decía hasta el km 5, a medio gas, luego a full hasta el km 7, aproximadamente, primera subida ‘rapidilla’ del Puig Madrona y bajada otra vez a tope hasta el avituallamiento.

 

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Las sensaciones por ahora eran muy buenas y el ritmo vivo y acelerado. A partir de este momento, tocaba un sube y baja casi continuado, bajadas muy técnicas y subidas muy empinadas que costaban de superar. Segundo avituallamiento. La verdad es que me estaba sintiendo de maravilla y esta parte de Collserola, desconocida para mí, me estaba entusiasmando.

 

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Mirando el crono, hasta el km 15 me estaba saliendo una buena carrera y un buen tiempo. Pero ya a partir del km 17,5 comencé a notar el cansancio. Tras una bajada técnica y muy rápida, el subsiguiente sube y baja, y la segunda subida al Puig Madrona, rompieron mi ritmo y empecé a rezagarme.

 

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Me encontré en estos momentos a Víctor Molinas, con quien ya terminé la carrera, y con quien entre trancas y barrancas fuimos pasando por los kilómetros últimos y más duros de esta Mitja.

 

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Al final de todo, contento con un inesperado tiempo de 3h 17′. Inesperado porque creía que iba a superar las 3h 30′ por las características de la carrera. Contento, porque veo factible mi próximo enfrentamiento con la distancia de 42.195 metros de la Maratón de San Sebastián.

¡Salud y kilómetros!