LA CARTUJA – ESPACIO ALFRANCA

Decir que correr es mi vida sería exagerar, pero afirmar que correr es importante para mí sería hablar en su justa medida. Ya sabéis que intento que mis experiencias sean plenas y, en la medida de lo posible, cambiar de escenario siempre es enriquecedor. Así pues, este último fin de semana me surgió la idea de que ya que estaba en Zaragoza ciudad, aprovechar para conocer el margen izquierdo del Río Ebro y su Reserva Natural de los Sotos y Galachos. Y qué mejor para conocer un paraje que “re-CORRER-lo”?

La carrera comenzaba a las 10:00h, cosa que se agradecía puesto que en esos momentos el sol comenzaba a calentar y la sensación de frío intenso comenzaba a desvanecerse. Mi distancia eran los 21 km y quería afrontarlos como mi última tirada larga antes de la maratón de Donosti. Forzarme, ver hasta dónde aguanta mi cuerpo, cuál es un ritmo asequible en competición, en qué momento me desinflo y necesito reconstituyentes, etc… Un sin fin de preguntas, que deberían de estar ya resueltas con los entrenamientos, pero nunca tengo claras. Pienso que es el terror previo a una competición en letras mayúsculas como es un maratón y sus 42.195 metros.

Así pues, con estas ideas en la cabeza, me autoevalué a mi mismo y a mi rendimiento. Comencé fuerte, y esa era la idea. Mi propósito era marcar un ritmo inferior a 5′ el mil y hacerlo limpio (es decir, sin ningún gel previo). Como he dicho, entré fuerte y los primeros 5 kilómetros los estuve marcando entre 4′ 40” y 4′ 50”. No sentía que fuera ahogado o que estuviera en un ritmo superior a mis posibilidades: me sentía, relativamente, cómodo. El terreno era pedregoso, pero no era de mal correr y había escogido para la ocasión las Adizero XT Boost, que me daban un plus en velocidad por su bajo peso y de reacción por el Boost. Las vistas, preciosas: ya se sabe qué colores más bonitos proporciona el otoño a la naturaleza.

En este momento, hubiera sido lo suyo tomar un gel, para recargar el glucógeno perdido en estos primeros 5 kilómetros, pero prefería ver hasta dónde aguantaba sin ayuda extra. Los siguientes 5, hasta el kilómetro 10 no fueron mucho más lentos, aunque sí que marqué un parcial de entre 4′ 50 a 5′. Obviamente, fui más despacio, aunque no mucho más y eso, creo, que es positivo: un ritmo considerablemente alto para mí y sin demasiadas complicaciones. Tras esta primera parte y llegados ya a la finca de los Marqueses de Ayerbe, tocaba dar la vuelta y recorrer los otros 10 km que quedaban. Los primeros cuatro kilómetros no fueron del todo mal, había tomado un poco de agua, un gajo de naranja y volvía con ganas, aunque con el cansancio acumulado de lo recorrido ya. Aún así, me agobié: sigo con el problema de que no me gusta volver por donde ya he corrido, no sé. Es algo psicológico y me hace perder el ritmo: debo de mejorar ese aspecto. Por otro lado, ya comenzaba a notar el esfuerzo y sentía que mis reservas de glucógeno comenzaban a estar un poco bajas. Mis dos peores kilómetros fueron el 17 y el 18, donde marqué 5′ 44” y 5′ 38”, respectivamente. Sin duda, estaba muy bajo de energía, pero tocaba dar el resto y sacar fuerzas de donde fuera, porque los 42.195 km de Donosti iban a ser mucho más duros que lo que estaba haciendo en esos momentos. Kilómetro 19 ¡gas! Kilómetro 20, nuevamente a un ritmo de 5′.

Final de carrera, en 1h 46′ 36”, a un ritmo de 5′ 07”.


Valoración: bien, aunque tuve algún momento de bajón que tengo que mejorar. La mente debe de ser más fuerte que mi cuerpo. De cara a San Sebastián, debo de marcar un ritmo que ronde por debajo de los 5′ 30”, regular mi dosis de glucógeno cada siete u ocho kilómetros y sobretodo concentrarme en regular la carrera.

Salud y kilómetros!