Maratón Donosti 2018

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Hay una frase de David de blogmaldito.com que nos define a muchos: “We run bad”. Y es cierto. Para mí correr, bien o mal, es por un lado un privilegio y por otro una sensación que me acompaña día tras día. Para mí, esto del “correr” es como el amor: cuando estás enamorado, el mundo que te rodea es mejor, todo es más soportable, porque sabes que la persona que amas está ahí, a tu lado. Cuando corres, cualquier cosa es llevadera, porque sabes que más tarde transformarás toda energía negativa en kilómetros. Ya sabéis a qué me refiero. Así pues, si corro bien o mal, si mezclo disciplinas o distancias… me da igual. Para mí lo importante es salir a correr, disfrutar y, también, superarme día a día, cumplir objetivos, cómo no. Pero lo último, no empaña lo primero. Para mí el running no es una obsesión, sino una satisfacción.


Así pues, bien o mal el pasado domingo 26 de noviembre me calcé las zapatillas para volver a enfrentarme a los 42.195 metros que componen un maratón. ¿Objetivos? Disfrutar a tope, terminarlo y si fuera posible hacer marca. ¿Conseguido? ¡Con creces!

Una ciudad como San Sebastián ofrece muchas cosas a su visitante: buenas vistas, buena comida, hospitalidad y ¡lluvia! Desde mediados de semana, todo indicaba a que el weekend iba a estar pasado por agua. Y eso, para disputar un maratón, creo, no es algo que beneficie al corredor. En el paseíto que hicimos el sábado por la mañana, la lluvia nos sorprendió en un par de ocasiones. Una lluvia ligera, aunque cojonera. Chiriviri, creo que le llaman por ahí. Con todo, el sol nos brindó su presencia en algún momento del día y pudimos gozar de una buena excursión por las calles de la ciudad y cómo no de una cerveza (¡¡¡¡sin alcohol!!!!) y de unos pinchos. El sábado llegaba a su fin y tocaba recogerse en el hotel para estar lo más descansado posible de cara a la carrera. Fuera, llovía a cántaros.


A las 6:30 horas, amanecíamos. Bueno, es un decir: fuera seguía lloviendo. En el desayuno todo eran dudas: no me veo capaz, si sigue lloviendo así no la hago, no la voy a terminar… En fin, qué hubiera hecho sin ti Inés. Con el tiempo justo, salía del hotel, cogía un autobús y, no muy convencido, me dirigía a Anoeta. ¡Milagro! Parecía que iba aclarando y paraba de llover. 9:00h: comienza la Maratón de Donosti. ¡Vamos!

Los primeros 5 kilómetros fueron de tanteo del enemigo, de ver cómo me sentía, buscar comodidad y ritmo. También pensaba que en el kilómetro 10 vería a mi mujer y eso da ganas de correr. El paisaje, brutal: la bahía de la Concha, las calles de Donosti, la gente aupando. En un abrir y cerrar de ojos me había plantado ya en el km 21: había recorrido ya el circuito, me había sentido acompañado por mi mujer en dos ocasiones y me sentía fresco, pese a los nervios iniciales, la lluvia y el trecho recorrido. Quedaba regularme, pensar que en el km 31 volvería a ver a Inés y que después de eso ya tan solo quedaba un tercio de la carrera. Lo más fácil o lo más difícil. Seguía corriendo, a un ritmo exacto de 5′ 30” aproximadamente; controlando los geles cada 7 u 8 kilómetros; todo estaba milimetrado.


Iba bien, todo estaba controlado, no había un esfuerzo excesivo. Tenía la maratón casi casi en el saco. Ya hemos pasado el km 30, Inés en el 31, me encuentro en el otro sentido a David Serranito sobre el 35, “vamos, vamos, que esto ya está”. Volvemos a la zona del centro de la ciudad, la playa a nuestra izquierda. Ahora es todo bajada. Quedan dos kilómetros. Alguna molestia, pero nada importante. He bajado un poquito de ritmo, pero nada, no queda nada. Afronto el último kilómetro, la gente aupando, vitoreando, Inés en la entrada del miniestadio de Anoeta. Una lágrima, un último esfuerzo. ¡Vamos ostia! Cruzo la meta con 3h 52′ 28”.


Prueba superada. Otro maratón en la saca. Una nueva medalla en mi cuello que proclama mi proeza. Un tiempo, hasta ahora inmejorable: 35′ menos que en Barcelona. La verdad es que no sé si estoy haciendo bien las cosas, pero me siento grande. ¡Segundo maratón en un año! Mis planes de entrenamiento, me están funcionando: estoy fuerte y lo noto. Tengo hambre de más.

¡Salud y muchos kilómetros!