Marató d’Empúries

En la antigüedad, para participar en los Juegos Olímpicos se debían de cumplir ciertos requisitos: ser heleno, libre, entrenarse durante los diez meses anteriores a los juegos, inscribirse con un año de antelación y jurar cumplir el reglamento. Aún con todo ello, competir para honrar a los Dioses era el mayor de los alicientes de estos deportistas.

No sé si el pasado domingo, todos aquellos que nos congregamos en Empúries, cuna de los griegos en nuestro país, fuimos para honrar a los Dioses, rendir culto al pasado o, simplemente, enfrentarnos a la irremediabilidad del presente. Pero allí estábamos.

Tras el pequeño fiasco de la Zurich Marató de Barcelona, donde esperaba hacer MMP, esta Marató d’Empúries se presentaba como una manera de compensar todo lo que fue mal en la ZMB. No había casi tiempo para entrenar, lo único era cargar un poco más de kilómetros a las piernas si cabía y rezar para que todo saliera lo mejor posible.

Con todo, la idea era correr otra maratón, probarme a mí mismo nuevamente en la distancia, testear mis nuevas Adidas Adizero Boston 5 en la categoría reina y pasar un fin de semana por la Costa Brava.

Las previsiones metereológicas anunciaban que el sábado iba a ser un día soleado, aunque el domingo iba a lloviznar. Sin duda, mejor correr con un poco de agua y fresco que con el calor agobiante que llevaba haciendo estos últimos días.

Tras ir de aquí para allá, de Port de la Selva a l’Escala y a Sant Pere Pescador durante el sábado, amanecíamos el domingo temprano. Tiempo justo para refrescarnos en la ducha, desayunar las tradicionales tostadas con crema de chocolate y conducir unos minutos dirección a las ruïnas de Empúries, sede de nuestra carrera.

A las 8:30 a.m. comenzaba la dura prueba, no sin antes dar un paseo por las ruinas, escoltados por cuatro centuriones que nos conducirían a la salida. 8:37, pistoletazo de salida. Go! Go! Go!

Mi plan de carrera era salir a darlo todo pero regulando. No quería quedarme sin fuerzas en el km 30 y arrastrarme hasta la meta. Tampoco esperaba hacer mi mejor tiempo, pero sí quería mejorar la ZMB del pasado marzo y quitarme la espina clavada. Era esta una maratón que presentaban como dura y que durante la carrera se iba a ir complicando con la lluvia. Si cuando salíamos se notaba ya la calitja mediterránea, media hora más tarde estábamos en pleno diluvio universal. Zeus ponía a prueba, aún más si cabía, a los que iban a honrarle con su sufrimiento.

Así pues, piano piano, sin prisa pero sin pausa a un ritmo que oscilaba entre los 5′ 20″ y los 5′ 40″ me recorrí los primeros 30 km, para luego ir pegándome cada vez más a los 6′ y algo más. Aunque muy lejos de los 7′ y pico que llegué a tener en la ZMB durante los últimos km. Me sentía bien, sabiendo que llegaría a la meta y conseguiría la anhelada medalla que me acreditaba como vencedor, muy particular, de la contienda. Con sinceridad, el circuito me pareció bastante llano, con algún repecho, pero nada que no se pudiera compensar y que luego no se agradeciera en su bajada. Como ya he dicho, la lluvia se agradecía porque refrescaba el ambiente, pero durante tanto tiempo acababa resultando molesta y dificultaba el ritmo de carrera ya que había algunos tramos completamente inundados.

Una maratón, en definitiva, digna de los héroes olímpicos. Se daban dos vueltas al mismo circuito, saliendo de Empúries para terminar en las ruinas nuevamente. En primer lugar nos dirigíamos a Sant Pere Pescador y recorríamos los humedales del parque natural del Empordán, luego volvíamos a la Escala, cruzándola desde Empúries hasta Riells. Las vistas cuando te acercabas a meta eran impresionantes, el mar embravecido, las rocas, los pinares… y la lluvia insistente como compañera de fatigas.

Al final, 4h 02′ 34″ que me saben a gloria. Maratón bien corrida, bien luchada con piernas y cabeza. Ahora a recuperar y a pensar en la siguiente, porque ganas no faltan.

¡Salud y kilómetros!