Maratona Lisboa 2018

Dicen que cada maratón es un mundo. Dicen que un maratón es una carrera de 12km que comienza tras haber corrido 30km. Dicen que terminar un maratón es un logro. Dicen… Pero realmente, cada uno se dice a sí mismo muchas cosas antes, durante y después de haber corrido un maratón. Las sensaciones, ya lo sabéis los que habéis corrido alguno, son inenarrables. Aún así, voy a intentar contaros cómo fue esta EDP Maratona de Lisboa 2018.

El viaje comenzaba el viernes, a media tarde, sin prisa y con la intención de llegar a la ciudad de Lisboa para cenar. Y así fue. Un poco antes de las 23h estábamos frente a un plato de arroz tres delicias y otro de cerdo agridulce y ternera con setas y bambú. Nos habíamos decidido por un chino, por la proximidad a nuestro hospedaje y por el precio. Además de por ser el arroz una fuente de glucógeno. La ciudad parecía acogedora. Era nuestra primera vez en Portugal y esa pátina de vejez, cutrez y nostalgia nos estaba gustando. Al día siguiente, la mañana prometía. Comenzando con la recogida del dorsal y un largo paseo por el casco antiguo.

Aunque la alarma sonó cuando durante la comida recibí un mensaje de una amiga, informándome del huracán Leslie. Sin lugar a dudas, la tierra nos está devolviendo todo el mal que le estamos haciendo, pero ¿en serio? ¿tenía que pasar justo ahora? La información recibida se contradecía con el calor y el sol de justicia que estaba haciendo esa tarde en la ciudad de Lisboa. Estábamos expectantes.

Como medida de precaución, la organización del evento retrasó la hora de inicio de la carrera y nos emplazaba a las 9:00h en Cascais. ¡Íbamos a ver cómo transcurría la noche!

A la mañana siguiente, el despertador tocaba diana a las 5:40 a.m. Desayuno rápido y para el metro; ya acabaría de desayunar bien en el tren camino a Cascais, iba con tiempo. Llegaba a la salida del maratón más o menos a las 8:15 a.m. De sobras para calentar bien e ir a colocarse al cajón de salida. Las 9h daban paso a la marabunta de corredor@s que se iban a enfrentar a los 42.195m.

Me sorprendió que un maratón comenzara en subida y por una calle relativamente estrecha, y con coches aparcados, cosa que dificultó la salida… El primer tramo de un poco más de 10km era un ir y venir por la Avenida de Nossa Senhora do Cabo hasta el Faro do Cabo y desde ahí dirección a Lisboa. Sin lugar a dudas la vista era espectacular, viento, fuerte oleaje, algún tramo un pelín difícil de correr por las ráfagas, pero impagable la fuerza del Atlántico.

En cuanto al ritmo, me sentía un torete. Iba a unas 160 y pico ppm y a un ritmo por debajo de los 5’20”. Brutal. Saliendo de Cascais, me mantenía en mis trece, sin bajar la guardia. El paisaje ya se empobrecía un poco, pero el puente de Lisboa se veía a lo lejos para recordarnos cuán lejos o cuán cerca se encontraba la ciudad.

Todo iba plácidamente, la alimentación bien (medio plátanito en el km 7 y en el 20), los geles también (el primero en el km 12 y el último en el 36) y la hidratación cada 5K. Pero comenzó el sube y baja a partir del km 15 y al principio no importaba mucho, pero pasados los 30K pesó el hecho de tener que hacer alguna cuesta pronunciada de más de 200m. ¡Y comencé a notarlo! Fui perdiendo ritmo y me acercaba cada vez más a los 6′. Además las pulsaciones se me estaban disparando. Tuve una pequeña pájara de tres kilómetros, entre el 37 y el 40 en donde sobrepasé los 6′. Pero fue ver el cuarenta y pensar que me quedaban tan solo dos kilómetros donde tenía que echar el resto. Volvía a un ritmo de 5’30” y pico, para cruzar meta con 3h 53′ 57″ en mis piernas. Cruzaba el arco de la Praça do Conercio sin haber conseguido mi sub 3h 45′. Aunque cruzaba con una batalla más a mis espaldas y con la convicción que no iba a ser la última. Próximo desafío, Valencia.