Canfranc Canfranc 2020

¡Qué decir en estas líneas que no hayamos vivido todos durante estos últimos meses! Comenzábamos un 2020, donde nos planteábamos retos, carreras y planificábamos una temporada que en nada se iba al traste. Atrás quedan, ahora mismo, los meses de confinamiento, la época de inventar rutinas, ejercicios y demás para estar en forma, el ansia por salir a correr durante el mes de mayo… Todo queda en el recuerdo y frente a nosotros tenemos un futuro incierto.

Puedo decir que me siento privilegiado de haber podido correr nuevamente en una carrera. Y además en la Canfranc Canfranc, todo un referente en el mundo del trailrunning español. Cuando me apunté a esta carrera, obviamente con la incertidumbre de si acabaría realizándose o se suspendería como muchas otras, la idea era disfrutar de una mañana de montaña. Ni tiempos, ni preparaciones ni historias raras. ¡Disfrutar! Una de las cosas para las que me ha servido el confinamiento es para valorar lo que me gusta. En muchas ocasiones nos empecinamos en ritmos, tiempos, kilometraje y dejamos de pensar en lo importante: correr para disfrutar. Así que esa era, es y (espero) que sea mi premisa a partir de ahora. Y la verdad, jodó si disfruté.

Durante el verano corrí, mucha montaña, eso sí, para guardar distancias, estar más a mi aire y evitar el calor del asfalto. Si soy sincero, en mayo cogí con mucho empeño eso de volver a entrenar, pero durante el verano me he ido desinflando y he sido más ‘perezoso’ en el momento de cumplir las rutinas. Por tanto, no iba al 100×100 de forma, pero tampoco como si fuera la primera vez que pisaba la montaña en mucho tiempo.

El día comenzaba temprano. Dormía en Jaca y mi salida era más o menos a las 8:30. Con lo que me despertaba antes de las 6:00 para desayunar, volver a repasar si cabía el material obligatorio e ir con tiempo para aparcar y calentar. La llegada fue espectacular, el sol me recibía cuando aterrizaba en la Estación de Canfranc. Prometía ser un día estupendo para correr. Ahora tocaba calentar y esperar a que nos llamaran para el acceso de comprobación de material, temperatura… Todas las medidas higiénicas necesarias para poder realizar una carrera “Covid Free”.

La salida me gustó mucho. Muy ‘olímpica’, no sé cómo explicarlo. Cuatro corredores cada cuatro minutos, por tanto la salida de cada uno era especial, sin aglomeraciones y sin embotellamientos en ningún tramo de la carrera. Eso es algo que debe quedarse, es una gran mejora a mi modo de ver. Comenzaba la ascensión al Pico de la Moleta.

Sin prisa, pero sin pausa y ayudado de los bastones fui subiendo hasta arriba, a 2.572m. ¡Casi nada! Sinceramente, la carrera era dura, pero la ascensión fue llevable. Por ejemplo, en otras ocasiones he sufrido mucho más: recordemos la ascensión al Comapedrosa… Los paisajes, cómo no, eran preciosos, de una belleza que solo el Pirineo aragonés posee. Como siempre, una vez arriba (y hecha la foto de rigor) toca bajar. Nuevamente, sin prisa pero sin pausa, mirando bien dónde pisaba fui descendiendo todo lo que habíamos ascendido. En esos momentos, durante la bajada formé equipo con Víctor un maño bien simpático que me fue siguiendo y en el último tramo animando: entre los dos se nos hizo el camino más llevadero. Al final, 3h 34’ 30” para un tramo de 16km con 1600 m D+ en modo ‘Skyrace autosuficiencia’. Para mí, ni tan mal. Además, lo más importante, me lo pasé genial. Ahora toca seguir trabajando, pero lo más importante, seguir disfrutando.